lunes, 29 de enero de 2018

AGILBERTA


Agilberta se convirtió en adulta sin haber sido nunca niña. Y no lo fue, porque los niños no piensan en la muerte. Agilberta, sin embargo, empezó pronto a intimar con la señora vestida de negro. Pudo tener que ver esta querencia con el hecho de que su madre falleciera al parir su quinto hijo, y que Agilberta tuviera que asistir a la muerte de dos de sus hermanos antes de que hubieran pasado la niñez.

Su madrastra, Teodequilda, era lo que se suele llamar hija de mala madre, cuando se quiere ser prudente, y hacía todo lo posible por aniquilar a la prole anterior en beneficio de sus propias hijas, dignas aprendizas de sus malas artes. El padre, Cirilo, iba y venía al trabajo, con paradas cada vez más largas en el bar, donde la botella le iba absorbiendo lentamente.

Huérfana absoluta, tomó Agilberta su hatillo y se echó al mundo, dando con sus huesos en una casa de latrocinio famosa en la ciudad. Conoció las cotas más altas de la iniquidad, de la mano de próceres locales que manifestaban allí su cara más oculta.

Quiso la fortuna que llegase como cliente un pasmarote de alta cuna y baja autoestima, de nombre Tarasio, que se empeñó en sacarla del arroyo e irse a vivir con ella bajo la mancha del pecado. En el barrio obrero en que se asentaron, a espaldas de la familia de él que no la toleraba, vivieron los tres, Tarasio, Agilberta y la muerte. No había día en que no pensara en ella como una amiga, sin miedo ni inquietud, solo como se mira la puerta de salida de una reunión mundana en que nos estamos aburriendo.

La vida transcurrió varios años en ese estancamiento, que Agilberta animaba con algunas aventuras galantes a espaldas de Tarasio. Uno de los amantes, un industrial viudo con posibles, le ofreció matrimonio y aceptó, dejando a Tarasio una nota breve en el recibidor, y a la muerte un “espera de momento”.

Con Abencio, su marido, fue Agilberta feliz y pasó por la experiencia, casi ya descartada, de la maternidad. Crió a sus hijos y se convirtió en un ama de casa primorosa, pero no por eso dejó sus conversaciones con la dama que la observaba en los espejos.

Maduró Agilberta, murió Abencio y casó con Sabiniano, un vecino que la llevaba años admirando cuando se cruzaba con ella en la escalera. Con él recorrió el mundo en viajes fastuosos, pues era rico y los hijos se habían ya independizado. Sin embargo, en ningún continente dejó Agilberta de recibir la presencia callada de la muerte.


Cumplió años y años. Todos se fueron yendo menos ella, incluidos el marido y algunos de los hijos. Agilberta sigue ahí ante el espejo, ante la puerta abierta, ante el abismo. La señora de negro viene todas las tardes, pero de pura confianza han acabado jugando juntas a la brisca.

HILARIÓN

Bonifacio heredó de sus padres, un genio de la música de amargo final y una diva del canto, su pasión por las artes sonoras. Casó con Paulina y tuvo un hijo, al que pusieron por nombre Hilarión, en homenaje a la zarzuela, un género que cautivaba a ambos hasta el paroxismo.

Desde niño le iniciaron en los rudimentos del género, con la esperanza de tener en casa un futuro cantante. Pero el niño Hilarión mostraba la más cerrada de las indiferencias ante todo lo que produjese sonido. De hecho pensaron al principio que era sordo, hasta que rompió a hablar, cerca ya de los dos años.

Al segundo hijo le pusieron Felipe, por llamarse así el protagonista del famoso dúo de “La Revoltosa”. Pero no hubo tampoco éxito. Salió hablador, eso sí, desde que soltó al año las primeras palabras no paró de perorar a todas horas, demostrando un gran poder de convencimiento sobre familiares, vecinos y señoras maduras. De hecho, andando el tiempo se convertiría en un gran padre de la patria, con gran disgusto de Paulina y Bonifacio.

Aún reincidieron los frustrados padres con otras dos criaturas, también del sexo masculino, a quienes pusieron por nombre Iniesta  y Alarcos, hartos ya de insistir con personajes de zarzuela. Ambos sorprenderían con el tiempo por sus muy notables talentos en disciplinas antagónicas.

¿Pero, qué fue de Hilarión?, se preguntará el amable lector, y tiene todo el derecho a formular ese toque de atención. Pues el niño Hilarión creció y se convirtió en un esbelto mozalbete, que circunvoló los plantíos del amor sin decidirse por ninguna flor. Halló trabajo como mozo de farmacia y luego pasó a encargado, mientras sus hermanos pequeños desarrollaban sus exitosas carreras y copaban las portadas unos, y las páginas más discretas y abrigadas el tercero.

Pasó la vida y los padres fallecieron sin ver cumplido su sueño de poder montar compañía propia con su prole cantora. Nunca les consoló ver a sus hijos tan exitosos cada uno en lo suyo, incluido Hilarión, que llevaba una vida desahogada y feliz, sin frenos ni ataduras que gobernasen sus instintos.

Se jubiló Hilarión, aún con buena planta y mejor disposición, y dedicó su vida al desarrollo pleno de lo que siempre había querido ser: un viejo verde con todos los predicamentos entre las damas del lugar.  Apuesto y con dinero, se le vio siempre bien acompañado por fiestas y verbenas, y no era raro que sus conquistas se produjesen de dos en dos.

sábado, 27 de enero de 2018

IGOR

Nacido de Eutiquio y Cira, desde muy niño manifestó tal pasión por la música que hizo famosos en la vecindad sus conciertos para cucharilla y frasco de potito. A los tres años, sus padres lo llevaron al circo. Allí se hizo con su primer violín, que arrebató a un músico enano vestido de payaso. Desde ese momento, ya no suelta el preciado instrumento, ni siquiera cuando come o duerme.

A los doce años estrena su primer concierto, una obra en tres movimientos titulada “Tres tristes triduos para un payaso sin violín”, dedicada a Nicanor, el enano al que dejara sin trabajo en el circo por su mala acción. Sabe de él que subsiste tocando por las calles el tambor, y pretende que ese homenaje sea su expiación.

A los dieciocho años, conoce a Valeria, una joven hermosa como un lirio y delicada como un Stradivarius. Pronto se enamoran y forman un dúo musical en el que ella es la voz, una voz melodiosa y rotunda que encandila inmediatamente a quien la oye.

Pareciera que Fortuna ha tomado bajo su amparo a los dos jóvenes amantes, y así es durante varios años, en que se casan y engendran dos bellos querubines, Bonifacio y Florencio.

Pero he aquí que, sin saber cómo ni por qué, amanece una mañana Igor con una gran joroba. Nadie se lo explica. Los especialistas médicos a los que acude hacen mil pruebas y le someten a las más sofisticadas técnicas radiológicas, pero no logran  nada.

Angustiado, Igor abandona su exitosa carrera, y recorre consultas de magos y hechiceros. Al final es Zenaida, una vidente, quien le desvela lo que de algún modo ya conocía pero no quería admitir. La culpa dormida surge como una llama en su interior: debe buscar a Nicanor y pedirle perdón.

Los siguientes años son de peregrinación. Allá donde va, siguiendo algún vago rumor, le dicen que el enano se acaba de marchar. Recorre así Europa entera, con su joroba cada vez más prominente. Si no lo encuentra pronto, intuye que aquello va a estallar. Valeria, harta de esperarle, hace tiempo que está con Apolonio, un armador griego, que la pasea por los yates de lujo como a un caniche sabio.
Han pasado los años e Igor se encuentra por fin con Nicanor. Toca en las gradas de un estadio, y entre la afición es popular. Le entrega su pequeño violín, que ha guardado todos estos años, y Nicanor parece no entender. Luego, lo coge y abandona lentamente la grada sin mirar atrás.


Allí queda Igor, con su joroba y su tambor. Esa imagen, la del animador itinerante por rugientes graderíos, será la que persista en las imágenes piadosas por los siglos de los siglos.

viernes, 26 de enero de 2018

RUT


 Rut, hija de Alonio y Saturnina, se haría famosa por ser nuera de Noemí, por los que sus primeros años poco importan. Sabemos que se crió según los percentiles prefijados por las autoridades sanitarias y que fue escolarizada a la edad establecida por el ministerio correspondiente. Lo demás, biberones, papillas, primeras letras, clases particulares, deportes y esparcimientos, forman parte de las rutinas de toda infancia.

Pero Rut llegó como  todas a la edad núbil y encontró varón en la persona de Quirino, un joven atlético y bien parecido con el que estableció esas otras rutinas de la sensualidad que van del beso y las caricias, a la inflamación de la pasión y su desbordamiento.

Aquí entra en escena Noemí, la suegra, una señora de recursos que prepara una boda comme il feaut en poco tiempo, convencida de que una joven tan virtuosa y bien dotada por Natura no era algo que se pudiera desperdiciar.

Se produce pues el himeneo, pero quiere el destino que, lejos de establecerse la rutina consiguiente de establecimiento, convivencia, gravidez y crianza, la desgracia se cierna sobre el joven Quirino, en forma de meteorito que, pudiendo elegir entre uno de los infinitos puntos comprendidos en los 510 millones de kilómetros cuadrados de su superficie, se cierna certera sobre la testuz del cuitado mancebo mientras miraba amanecer en pleno campo.

Es aquí cuando llegan a su paroxismo las dotes organizativas de una suegra sin complejos que, lejos de hundirse en la miseria o enviar a la reciente nuera con los suyos, se dedica a buscarla un buen partido entre los varones bien situados que conoce.

La envía primero a un cóctel donde se concitan maduros embajadores con títulos nobiliarios. Allí conoce Rut a Croidiano, un señor de pelo cano y distinguido, con el que se lanza a una rutina de viajes exóticos y fiestas mundanas que la devuelven a casa hecha una vampiresa de postín.

La presenta luego Noemí a Optato, un senador aficionado a la canaricultura, con el que vive Rut rutinarias jornadas de paz con el primoroso trinar como banda sonora.


Por fin, conoce Rut a Rútilo, un rutilante viudo en muy buen estado de conservación, con el que funda una familia con todos los sacramentos, incluída descendencia y una suegra que supervisa las rutinas con esmero.

jueves, 25 de enero de 2018

MATÍAS MULUMBA KALEMBA

Gorgonia siempre había sido una moza un tanto rara. No solía ir al baile en pandilla con las otras, y hacía de menos a los chicos del contorno. Así que cuando empezó a engordarle en vientre, hasta el punto de no poder disimularlo, ellas y ellos se alegraron por dentro.

Pasó el plazo y llegó el alumbramiento sin que compareciese varón alguno. Cuando llegó el neófito, tan blanco de piel en un entorno oscuro, todos los pensamientos volaron hacia Keivino el encargado de la mina de los holandeses.

Keivino tenía los ojos claros y el pelo del color de la paja en agosto. Tenía mujer, Hildeburga, una joven norteña que le había dado dos hijas tan rubias como ella. Pero todo el mundo desea lo diferente, y Gorgonia, con su larga melena negra y sus ojos oscuros y expresivos, era la tentación perfecta que todos dieron por consumada.

Nació la criatura y Gorgonia lo inscribió como hijo de soltera, y lo bautizó con uno de los nombres que figuraban en el día: Matías Mulumba Kalemba. Todos se opusieron, desde sus padres, bastante abochornados ya, hasta el propio cura, don Audito, que decía que aquello parecía ir provocando. Pero Gorgonia era testaruda como nadie, y aquel chiquillo de tez blanca y pelo claro, llevó sobre sus hombros el curioso nombre de resonancias africanas.

Muchas fueron las anécdotas que esa peculiaridad, unida a su extraña fisionomía, causaron en su infancia. Podríamos contarlas, pero no son parte importante de la historia y desvirtuarían nuestro propósito.

Mulumba, siendo apenas un muchacho, entró a trabajar como todos en la mina. Ella se encargaría de igualarle a los otros, proporcionándole una capa uniforme del color de la antracita que la precaria higiene nunca lograba quitar del todo.

Si bien el nombre llamó al principio la atención, pronto se olvidaron de él y le llamaron simplemente Matías el de Gorgonia, pues había otros dos Matías en el pueblo.

Quizá esperabais que nuestro santo de hoy, impelido por los raros aires de su nombre, tuviese curiosas inclinaciones, como la práctica de los ritmos tribales de Tanzania, o la dedicación a la magia del vudú, pero no fue así. Tampoco le atrajo marcharse a misiones o ser adalid de una revolución. Ni quiso la fortuna que su presunto padre le diese un trato de favor, ni que le hiciese su heredero y le buscase esposa entre las damas distinguidas de su tierra.

Por el contrario, se integró plenamente entre los de su edad y clase, buscó novia, una tal Oliva, se casó con ella y tuvo tres hijos, de nombre Clotilde, Dionisio y Pergentino.


Murió joven, cuando la negrura le terminó de cubrir las entrañas con su maldito esmalte. 

miércoles, 24 de enero de 2018

ERASMO

Erasmo ejerció de farero en la costa dálmata hasta que, desesperado por no poder hacer frente al recibo de la luz, tuvo que huir y acabó viviendo en un pueblecito de la Hungría profunda.

Lejos de sentir nostalgia o pena de sí mismo, Erasmo pronto se volcó en el desempeño de sus labores, es decir en el arreglo de los muchos desperfectos del hogar, desde colocar una bombilla –era en eso un virtuoso- a fijar unas estanterías. Pronto fue muy apreciado en su lugar de acogida, por su gran valía y don de gentes.

No ocurrió lo mismo con su mujer y una hija, un tanto perturbada, que tenía. Ellas añoraban su vida frente al mar y no dejaban de preocuparse por aquel faro sin gobierno, instándole a ahorrar lo más posible para regresar a sus orígenes.

Erasmo reaccionó a estas presiones ingresando en un conjunto de música bailable. Era su manera de olvidarse de todo lo anterior y llevar a cabo un sueño que le perseguía desde la infancia: ser vencedor en un concurso europeo de canciones.

El hecho de que dicho concurso aún no existiera, ni hubiera aún trazas de inventarse la televisión, no era un obstáculo. Erasmo salía todos los jueves a ensayar con sus tres compañeros de afición, Algiso con su cítara, Claro con su violín y Blandina, vocalista. El propio Erasmo se defendía con el acordeón.

No les faltaba trabajo en los bailes populares del domingo, y con el buen tiempo se les disputaban en las fiestas patronales de los alrededores. Poco a poco, esta ocupación pasó a ser la principal, dejando de lado sus chapuzas anteriores.

Fueron cayendo hojas y más hojas de almanaque, hasta encontrarnos a Erasmo como solista en los carteles de los teatros de la capital. La primera vez que el maquinista lanzó sobre él el cañón de luz, supo que era eso lo que había esperado toda su vida.

A veces uno equivoca su vocación de plano. Otras, como en el caso que nos ocupa, solo es una cuestión de simetría.

domingo, 21 de enero de 2018

CRESCENCIANO

 Crescenciano tuvo con su santa esposa siete hijos varones. A saber: Pánfilo, Navarrete, Medulfo, Reveriano, Zenón y Felino.  El séptimo perdió su nombre y su derecho a ser tenido por hijo cuando huyó del convento en que era capellán y se fue por esos mundos del pecado.

Pánfilo fue militar y llegó con el tiempo a ser un general temido y respetado, a pesar de su simpleza natural. Navarrete se quedó al cargo de las tierras y Medulfo fue el pastor mayor de los rebaños. Reveriano cuidó de las cuentas de la hacienda y de la contratación de temporeros. Zenón era el más listo de la escuela; encontró puesto en una oficina en la ciudad, pero se perdió por que le dio por pensar desatinos. Felino, a pesar de no dar pie con bola en cosa de libros, tomó afición por los negocios y acabó regentando una importante empresa dedicada al exterminio de roedores.

Del hijo sin nombre, llegaban noticias imprecisas y lastradas por las anécdotas apócrifas que se iban adhiriendo como lapas a lo largo del periplo. Unos decían que estaba de modista en una prestigiosa firma de prendas íntimas, y otros que se había establecido en las Américas y era predicador en una comunidad del Amazonas. Incluso llegaron noticias de su muerte, a manos de un marido burlado, o bien peleando en una guerra de liberación, o apedreado en tierras de misión. Cuando la gente tiene una vida anodina, no cesa de inventar otras ajenas en un intento de entretenerse y de epatar a los demás. Así que se habló de un libro grueso lleno de aventuras, y había quien aseguraba sin rubor haberlo visto e incluso leído en su totalidad. Pero, cuando se les pedía dónde había un ejemplar, todos daban largas y nunca mostraban prueba alguna.


Crescenciano fue envejeciendo en paz, viendo prosperar a sus hijos y crecer a sus cada vez más numerosos nietos. Llegó casi  a olvidarse de su hijo sin nombre, aunque conservaba en secreto la esperanza de encontrarle en el otro mundo, así como a su querida esposa, muerta ya hacía tiempo. Se fue apagando poco a poco, hasta que un  día dio el último aliento y  pasó al otro lado, pero allí solo había oscuridad

sábado, 20 de enero de 2018

CANCIO


Nació Cancio de Crescenciano y de Felisa, el último de siete hermanos varones. Como quiera que no hubiera tierras para todos, le pusieron de niño a aprender latín con don Vidal, como paso previo al seminario.

Allí sufrió Cancio las penalidades propias de una época aciaga, caracterizada por la poca comida y el mucho frío. Es sabido que, en las épocas más duras, cuando escasea todo y los niños vagan solos, no hay más estaciones que un invierno eterno plagado de témpanos de hielo y sabañones. Así se ha visto siempre en las láminas de las novelas y así debe ser.

Acabó al fin Cancio los estudios y encontró acomodo como capellán en un colegio femenino. No pudo el diablo encontrar mejor ocasión para torturar  a aquel ser beatífico hasta casi hacerle enloquecer. Cancio venía de un universo masculino, donde las únicas mujeres que había visto, además de su santa madre, era a sus tías y primas, cuando las vacaciones del seminario, tapadas hasta los ojos para no ponerse negras cuando iban a la trilla.

En el colegio, durante las misas, el sonido armonioso  de aquellos cientos de voces al unísono, producía  en él el efecto fascinador  de las sirenas, con el peligro cierto de ir hacia ellas y encallar en los rompientes de sus jóvenes cuerpos. En el momento de suministrarles la sagrada forma, sus bocas anhelantes le turbaban de tal modo que su recuerdo le impedía conciliar de noche el sueño. Pero lo peor venía con el sacramento de la penitencia, cuando, a pesar de la separación de la rejilla, le llegaba el rubor de aquellas cándidas almas que le hablaban de sus deseos ocultos con la humildad de quien desea ser reprendido para purgar así su culpa. Días hubo en que tuvo que acortar la confesión con un “ego te absolvo” precipitado, que evitara detalles escabrosos que pudieran inducirle al pecado.

Sufría Cancio por estas pulsiones desatadas. Su confesor, Pascasio, un fraile viejo de barbas blancas y rizadas, le impuso una larga penitencia de interminables jaculatorias que le tuvieran la mente entretenida en cosas santas. Como no fuese eficaz la medida, le recomendó las disciplinas con que fustigar el cuerpo pecador, acompañadas de una dieta magra y duchas frías en los momentos más comprometidos.

Todo lo hizo con fervor, el pobre clérigo, pero sus deseos no se atemperaban un ápice y, sin embargo, acabó con una pulmonía que a punto estuvo de llevarlo directo a presencia del Padre.
Ante tal situación, Cancio no tuvo otra opción que cortar por lo sano. No en el sentido literal que pudiera pensarse, que es pecado atentar contra uno mismo, sino en el de abandonar el hábito y echarse al siglo.


Así lo hizo una noche, amparado por las sombras. Cambió la túnica por unas ropas de seglar que aún conservaba y dejó la pesada puerta del colegio a sus espaldas. De todo el abanico de sensaciones –alivio, temor, angustia, frustración, vergüenza…–, que sintió en ese instante, así como de sus aventuras en ese mundo exterior tan incierto, da cuenta un libro escandaloso de memorias que algunos afirman conocer y  haber leído. No es el caso de este pobre cronista, que debe acabar aquí esta hagiografía,  encomendando al lector no caer, por la frustración de quedarse in albis,  en el pecado de la ira.